HUXLEY, ORWELL Y LA PROFECÍA MODERNA

HUXLEY, ORWELL Y LA PROFECÍA MODERNA

“Y, en efecto, nada nuevo acontece que no haya sido previsto cien años antes”, sentenciaba Ortega y Gasset en su obra La Rebelión de las Masas. Afirmación aplicable a su propia obra filosófica, pero en este caso se atribuye a dos autores, contemporáneos a su época, que imaginaron las posibles consecuencias del transcurrir del mundo que se presentaba ante sus ojos. Ponemos aquí como evidencias las alarmantes distopías que Aldous Huxley y George Orwell relataron hace menos de un siglo, para delatar los hechos que actualmente se consideran patologías crónicas de las sociedades (mal llamadas) modernas.

Aldous Huxley escribió, en 1932, “Un mundo feliz”. Novela que adentraba al lector a un mundo hiperconectado y programado, que acallaba las emociones más humanas y donde “todos pertenecen a todos”. Resulta sumamente trágico leerla hoy en día, pero pone de manifiesto el objetivo de estas líneas. Los dispositivos tecnológicos marcan, sin duda alguna, el funcionamiento y la esencia de nuestro tiempo. Facilidad de acceso a información, comunicaciones instantáneas y puertas abiertas para exhibir talento. Estas, entre otras, son las ventajas de un mundo conectado. Sin embargo, estas nuevas formas de interiorizar, compartir e incluso crear información ha propiciado la destilación de toda profundidad en la misma. El mensaje corto unido a continuos estímulos visuales, enquistados en un entorno de prisas y arrogancias, ha propiciado la tendencia al “no pensamiento”. Esto se ha conseguido a través de la apelación constante a unos sentimientos determinados, que se superponen unos a otros y acaban por anteponer la emotividad al pensamiento, ignorando que este último es el responsable de la peculiaridad humana.

Esta actitud, que tiene su origen en la sobreinformación y la hiperconectividad de nuestro tiempo, ya la predijo Huxley tiempo atrás, avanzando lo que podía ser una “dictadura tecnológica moderna”. Anunciaba el rechazo y el destierro de la esfera racional que compone al hombre, invadiendo su interior de subconsciencia y emoción. Hecho que además apuntaba cuanto menos peligroso, ya que la humanidad podría acabar amando su propia esclavitud. En suma, ya en su tiempo (mediados del siglo XX), Huxley condenaba la televisión como creadora de una única línea de pensamiento; poderosa a la vez que peligrosa. Cabe en este instante introducir “1984” , obra publicada en 1949 por George Orwell. Todo aquel que haya leído esta novela o visto el film de Michael Radford, conservará en su mente la imagen de los “dos minutos de odio ” ; individuos vestidos iguales, inducidos por la cólera colectiva a gesticular a través de odio y la sinrazón más animal, frente a una pantalla encendida. En este momento se invita al lector a buscar sus propios paralelismos en la realidad que le acontece.

Un factor que cabe destacar de esta obra, entre otros muchos destacables, es la posverdad. Los continuos titulares de información, que dicen, afirman, reafirman y contradicen de nuevo, dejan a uno con la literal y vulgar sensación de no enterarse de nada. Actúan como fuerzas de signos negativos que al atraerse chocan y provocan tal explosión que acaban por saturar las mentes humanas, provocando en ellas un stand by crónico. La verdad es que, en nuestros días, no tenemos acceso real a la verdad de los hechos, debido al exceso de información banal y subjetiva, que hacen que el individuo pierda su interés en el conocimiento de ésta y se vuelve peligrosamente conformista.

“Su filosofía no solamente negaba la validez de la experiencia, sino que la realidad externa existiera. El sentido común era la más grande de todas las herejías. Y lo más espantoso no era que a uno le mataran por pensar distinto, sino que pudiera tener razón.”

G. Orwell. 1984.

Puede que la afirmación de Ortega y Gasset que se anunciaba en un principio, funde la dinámica del porvenir del tiempo; y es que, todavía no han llegado a los cien años las obras que aquí se han destacado, pero conforme se acerca su centenario los fundamentos de sus distopías cobran un sentido. Quizás, cabe así ser consciente de la necesidad de conocer los temores que ya calaban en el siglo pasado y que advertían, desde su propia vivencia, el hecho y el deber como especie racional de poner en constante duda y revisión lo, supuestamente, “ya conquistado”.

 

Por Ana Caravaca

1 Comment
  • Victoria
    Posted at 17:39h, 17 febrero Responder

    ¡¡Muy buen artículo!! Me ha gustado la conexión entre ideas y su forma de expresarse.

Post A Comment