26 mayo, 2024

Bertrand Bonello. La bestiaCuriosamente, un mismo relato de Henry James, uno de los menos difundidos entre los suyos, La bestia en la jungla, ha inspirado dos películas que han llegado a la cartelera prácticamente a la vez, con resultados muy distintos entre sí: una obra de Patric Chiha que repite el título de la novela, y que en su conjunto resulta más fiel al texto original pese a haberlo traído por completo a nuestro tiempo y a una discoteca como único escenario, y La bestia de Bertrand Bonello, que juega con las proyecciones de la trama a futuro al introducir en la ecuación amorosa de esta historia la inteligencia artificial.

En la creación de James, se narraba en seis partes la posibilidad de un amor entre John Marcher y May Bartram, que se encuentran en sucesivos momentos de sus vidas y se confían sus secretos (Marcher tiene el convencimiento de que un episodio nada corriente, feliz o infeliz, está por sucederle; una bestia que se le echará encima). No llegan a unirse en ninguna de esas oportunidades, quedando envueltos en la melancolía y en los tiempos huecos.

Bonello, que demostró en Casa de tolerancia que no tiene miedo a embarcarse en el lado más sórdido de los usos sociales y sexuales hacia 1900, retoma aquí esa época solo parcialmente, inserta en una narración cuyos entresijos y orden tendrá que intentar descifrar el espectador, paulatinamente porque solo a partir de la suma de las partes se obtienen conclusiones: en un futuro que nos resulta entre amorfo y no demasiado lejano, una mujer (Léa Seydoux) es presionada para extirpar cuanto en ella puede haber de sentimental y de poco productivo; para eliminar sus vulnerabilidades mediante una purificación de ADN. En el proceso, una máquina repasa en su mente los recuerdos de traumas y vidas pasados, otras existencias en las que fue intérprete musical y esposa de un fabricante de muñecas, modelo y guardesa de una casa, y en las que se cruzaba una y otra vez con un hombre (George MacKay) con quien esbozaba una relación amorosa que, entre miedos y presagios negros, finalizaba de manera trágica para ambos sin ni siquiera haberse iniciado. Los temores y esas intuiciones de desgracias, a veces simbolizadas por palomas negras, terminan venciendo una y otra vez a sus deseos; aunque no llegan a nombrarse, se trata, en el fondo, de los lastres, en parte individuales y en parte colectivos, cambiantes pero también constantes, que impiden en unos y otros momentos que las relaciones se desarrollen con naturalidad, no atenazadas por dilemas que sitúan a los protagonistas al borde de la extenuación, inmersos en luchas agotadoras consigo mismos y con el objeto de sus dudas.

Al trasladar, por momentos, esas cuestiones que ya planteaba James al contexto de un futuro aséptico en el que la dificultad ni existirá ni será sentida (tampoco cualquier sentimiento no mecánico y capaz de desequilibrarnos), Bonello crea en el espectador un desasosiego nuevo: el de la angustia de un porvenir de experiencias, hoy apenas conocidas, mañana imposibles, en el que quien trata de escapar a los dictados de un sistema que se introduce literalmente en nuestra carga genética tiene muy difícil la supervivencia.

La bestia supone un experimento en lo visual (con pantallas partidas, distorsiones, escenarios sin localización, pero también con elecciones estéticas muy potentes al trasladar arquitecturas e interiores) y un enorme ejercicio de transmisión de inquietudes severas en casi todos los asuntos de peso.

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