24 febrero, 2024

Pilar Pequeño se interesó por el dibujo antes que por la fotografía, pero aún así se adentró en sus técnicas y lenguajes a principios de los sesenta, antes de haber cumplido los veinte, y en 1965 formaba ya parte de la Real Sociedad Fotográfica, donde conocería a Cualladó, Paco Gómez, Castro Prieto o Díaz Maroto, estos últimos compañeros de generación.

En los años setenta compaginó ambas disciplinas, trabajando indistintamente en uno y otro medio, pero en 1982 se decidió definitivamente por la cámara y también por la introducción en sus imágenes de un elemento que estaría en adelante constantemente presente en su producción, fuera en forma de arroyos, de niebla o como medio de donde emergen, o en el que habitan, flores y frutos: el agua. Aquel mismo año participaría Pequeño en la apertura de la Galería Image, junto a su marido, José Puga, Rafael Roa y Rafael Ramírez: una sala donde expondrían Humberto Rivas, Toni Catany, Manolo Laguillo, Eva Rubinstein o Luis Revenga.

Desde entonces, y hasta los noventa, dedicaría buena parte de su trabajo a las plantas, que constituyen su serie más amplia y el eje de la exhibición que desde hoy presenta en el Real Jardín Botánico de Madrid, tras su paso por el Centro de Congresos de Elche: “Tránsitos”, comisariada por Gertrud Gómez. En un primer momento las captaba al aire libre, en composiciones que subrayaban el poder transformador de la luz y del mismo agua sobre esos motivos; más adelante, en los noventa -ha explicado la artista madrileña- optó por llevárselas a su estudio para generar sus propias escenas lumínicas, valiéndose de telas o plásticos y de gotas, o sumergiendo los ejemplares por completo, en imágenes en las que no llegaremos a apreciar los límites de los recipientes dado su despliegue de diferentes encuadres. Una suerte de paso intermedio lo constituirían sus ejercicios de transparencias en vasos o jarrones de cristal.

En las fotografías en que esas plantas quedan sumergidas, la superficie del agua era al principio una línea; paulatinamente iría Pequeño seleccionando otros puntos de vista de modo que el líquido diera lugar a planos, y a juegos de reflejos determinados por la proximidad que eligiera, la fragmentación de las escenas y la distorsión de las propias plantas: aunque sus especies suelen ser reconocibles, y de hecho dan lugar a los títulos de las obras, algunos trabajos se aproximan a la abstracción.

En el género de la naturaleza muerta continúa experimentando esta autora, que se ha valido tanto del blanco y negro como del color (este último desde 2009) a la hora de generar ambigüedades a partir del vidrio, la iluminación y la disolución; busca, en último término, un acercamiento a la belleza en su sentido originario y esencial.

Pilar Pequeño. Membrillos, 2010
Pilar Pequeño. Membrillos, 2010

Los trabajos reunidos en el Pabellón Villanueva tienen como punto de partida los conjuntos Invernaderos (1983-1990) y Hojas (1985), formados por tomas tan cercanas como crípticas de distintas especies a través de capas cubiertas de rocío; se complementan con los citados proyectos Vasos y Transparencias y con composiciones dedicadas a frutos. En palabras de la comisaria, su lenguaje lo constituyen frutas, agua, cristal, luces, fondos, burbujas, reflejos.

Hace casi un siglo desde que Edward Weston comenzara su célebre serie de composiciones abstractas sobre berenjenas, coles, pimientos… y casi cualquier cosa que pudiera emplear primero para el arte y luego para el almuerzo. Si el fotógrafo estadounidense daba primacía a la posibilidad de generar imágenes vanguardistas desde temas naturales, Pequeño, aunque se acerque en ocasiones a códigos abstractos, subraya más bien la belleza intrínseca a estos motivos sin construir con ellos otros, sin ocultar sus rasgos.

Pilar Pequeño. Frutero de cristal con alcachofas, 2015
Pilar Pequeño. Frutero de cristal con alcachofas, 2015
Pilar Pequeño. Ricino, 2010
Pilar Pequeño. Ricino, 2010

En el Pabellón Villanueva del Botánico las fotografías de esta autora conviven con las acuarelas de Charles Villeneuve: en diferentes formatos, ha realizado algunas de ellas en jardines históricos y otras captan vistas urbanas de Madrid, Toledo, Sevilla o París, Asturias u Oviedo; se formó este autor como arquitecto, como tal continúa ejerciendo (también es ebanista) y esa actividad tiene su reflejo en sus pinturas.

Atiende, en todo caso, a las emociones que esos lugares le suscitaron y a las atmósferas lumínicas: logra una claridad muy viva en los cielos de sus vistas aéreas y en los fondos de sus composiciones vegetales.

Charles Villeneuve. Madrid. El taller
Charles Villeneuve. Madrid. El taller

 

Charles Villeneuve. Santa María del Naranco
Charles Villeneuve. Santa María del Naranco

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