26 mayo, 2024

Nacida en 1936 en Tokio, Yoko Matsumoto continúa trabajando en esa ciudad, empleándose en lienzos abstractos a gran escala que son fruto de periodos de creación largos y de concentración profunda. Los esfuerzos físicos que estas obras requieren vienen a formar parte, de alguna manera, de su misma materialidad, expresando una continuidad entre la autora y las telas: ha explicado la artista alguna vez que, al pintar con los lienzos en el suelo, inevitablemente su sudor cae en ellos; todo en sus procedimientos es manual y técnicamente simple e implica una fusión entre las manos de Matsumoto, el color y los soportes.

Hasta el próximo marzo, White Cube presenta en Londres, en su sede de Mason’s Yard, la primera muestra de la japonesa en Reino Unido: un conjunto de pinturas y obras sobre papel datadas desde mediados de los ochenta hasta la actualidad y marcadas por un empleo enérgico del color y un uso riguroso de luces, sombras y matices; estos siempre al servicio del primero, porque la paleta cromática es abordada en estas composiciones de forma procesual y meditativa, atendiendo a su constitución material, su mutabilidad tonal y la dimensionalidad en capas.

Partiendo de la base de que, para Matsumoto, el color determina la forma y la forma obedece al color, distinguiremos tonos que se superponen en disposiciones complejas en las que el ojo habrá de encontrar nebulosas y gestos fluidos, turbulencias vaporosas que tienen que ver con esa laboriosidad física y con la espontaneidad creadora propia de los expresionistas abstractos, pero también de algunos linajes del arte nipón, como la de quienes recurrieron a la práctica del dibujo con tinta monocromática llamada suiboku-ga, que esta pintora asocia a la delicadeza de la pintura de paisaje tradicional de su país. Lo borroso e indistinto, la transparencia a través de la mancha, componen para ella una suerte de espacio ideal.

Yoko Matsumoto. White Cube Mason's Yard, 2024
Yoko Matsumoto. White Cube Mason’s Yard, 2024

Las pinturas reunidas ahora en Londres ofrecen una gama de tonos reducida, patentes claroscuros, y tejen tapices de luces y sombras a través de pigmentos intensos y vívidos. Saldrán primero a nuestro encuentro siete obras tempranas fechadas entre fines de los ochenta y principios de los noventa en las que el estudio del color por Matsumoto se basaba en el análisis de las posibilidades de modulación y variabilidad de la pintura acrílica. Apreciamos en ellas, y en sus gradaciones cromáticas, la influencia de Morris Louis y de Helen Frankenthaler, cuya producción conoció esta artista en Nueva York en 1967; en Estados Unidos también pudo tener noticia de materiales entonces no disponibles en Japón, como la citada pintura acrílica (Liquitex) y los lienzos de algodón crudo. De hecho, en sus primeras composiciones, adoptó Matsumoto una técnica similar a la de Louis, al valerse de acrílicos diluidos sobre lienzos con yeso, aplicados con un pincel y luego limpiados con un paño para acumular gradualmente amplios matices de color.

Elaborada siempre sin bocetos, la aproximación libre, aunque no irreflexiva, del cuerpo al lienzo, es siempre la base de su obra: experimenta con los resultados de aplicar sobre la tela presiones más leves o fuertes con su mano o con el uso de densidades diversas de pigmento; se hace evidente en sus pinturas rosas, que ella llama nebulosas, y que comenzó a realizar en los setenta, sin abandonarlas durante tres décadas. Evitando las connotaciones normativas del rosa, que lo vinculan a la feminidad o a la fantasía, Matsumoto utiliza ese color como símbolo de lo inalcanzable o de lo que se halla en lo más profundo de nuestro subconsciente: aunque el blanco y el negro -ha explicado- favorecen sus diálogos internos, es dicho rosa el que identifica con lo inexpresable.

Yoko Matsumoto. White Cube Mason's Yard, 2024
Yoko Matsumoto. White Cube Mason’s Yard, 2024
Yoko Matsumoto. White Cube Mason's Yard, 2024
Yoko Matsumoto. White Cube Mason’s Yard, 2024

Los dibujos al carboncillo y al pastel, por su parte, representan marcas expresivas y táctiles plasmadas a una escala íntima: por su atmósfera densa y melancólica, recuerdan los contornos tempestuosos de un paisaje azotado por el viento, o profundidades cavernosas que la artista podría asociar a lo inescrutable en las personas.

En cuanto a los óleos aquí recogidos, datados en los 2000 -pues durante algún tiempo decidió alejarse de esta técnica-, remiten a representaciones históricas de la naturaleza, de Cézanne a Monet o Hishida Shunsō, y a la vitalidad de esta: una serie de telas fechadas desde 2006 exploran el poder sugestivo del verde, respaldado por rayas de azul mediterráneo, toques de bermellón y capas de negro carbón o de blanco que vienen a incorporar profundidad o luz. Los estados inclementes, ciclónicos o ribereños que estas pinturas parecen evocar pueden entenderse más bien como una sensación de espacio, más allá de ubicaciones definidas: Una naturaleza más allá de nuestros sentidos, una visión del alma humana o de la vida, según Matsumoto.

En sus últimas composiciones, ha optado la artista por aplicar con rodillo a sus lienzos diferentes tonos de blanco: al controlar el arrastre y el área de empleo de ese instrumento, genera torrentes variables de pigmento, estrías que se difuminan y que a veces parecen iridiscentes, remitiendo al cielo. Manejando las esencias caprichosas del color y la luz, aspira Matsumoto a dar forma a lo no claro, a lo que existe pero quizá no la tiene.

Yoko Matsumoto. White Cube Mason's Yard, 2024
Yoko Matsumoto. White Cube Mason’s Yard, 2024

 

Yoko Matsumoto. White Cube Mason's Yard, 2024

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