24 febrero, 2024

Tras su paso por Lenbachhaus, en Múnich, el próximo 1 de abril llegará al Kunstsammlung Nordrhein-Westfalen de Düsseldorf la primera retrospectiva en Alemania de Etel Adnan, que volcó en su pintura los lazos entre la cultura occidental y la árabe que conoció a raíz de sus propias experiencias vitales: hija de madre griega y padre sirio, nació en Beirut en 1925 y creció en Líbano cuando este país se encontraba bajo dominio francés. En adelante residiría en Beirut, donde estudió filosofía, y después en París y California, cuya geografía y clima creativo incidirían poderosamente en su trabajo; también lo harían sus viajes a México y al norte de África.

Las guerras que su familia padeció, el exilio y unas condiciones geopolíticas particularmente cambiantes allí donde vivió en su juventud determinarían el compromiso de la producción de Adnan con su entorno y también su afán por conocer nuevos contextos y abrir su trabajo a diferentes disciplinas. Fascinada por la poesía y la escritura desde su infancia, no se adentró en la pintura hasta finales de los cincuenta, concibiéndola como lenguaje universal que señalaba, para ella, la salida a un dilema: tras la Guerra de Independencia de Argelia (1954-1962), se negó a seguir trabajando -escribiendo- en francés; ansiosa por mostrar su solidaridad con ese país, decidió que abandonaría los textos en esa lengua para comenzar, según su expresión, a pintar en árabe.

Etel Adnan. Sin título, 2010
Etel Adnan. Sin título, 2010. © Rechtsnachfolge Etel Adnan

En un primer momento ideó leporellos, una forma de libro plegable originaria de Japón que le serviría para desarrollar una estrecha conjunción de poesía y pintura, escritura y dibujo. Más adelante, sus pinturas irían determinadas por ciertas líneas de fuerza, motivos y temas, que mantuvo en el conjunto de su carrera: la atención a la naturaleza y el cultivo de una relación muy concreta con la tierra, que para Adnan subyace a la mayor parte de la poesía árabe; y la oposición activa a la guerra y a las dominaciones u opresiones de cualquier tipo.

A Düsseldorf llegarán obras de todas sus etapas, representativas también de sus incursiones en varias técnicas y soportes: veremos composiciones abstractas de pequeño formato, cuya intensidad cromática les confiere un carácter casi místico; tapices monumentales, delicados trabajos sobre papel, los mencionados leporellos e incluso experimentos fílmicos, algo menos conocidos hasta ahora, que arrojan luz sobre sus investigaciones en torno al color, la forma y sobre la dimensión cósmica del tiempo, el espacio y sus ecos espirituales. Se exhibirán, igualmente, una selección de sus escritos, en los que desgranó sus posturas políticas con una particular claridad; suya es, por cierto, la novela Sitt Marie Rose (1977), interesante para quienes buscan adentrarse en la sociedad y la cultura árabes en la segunda mitad del siglo pasado.

Etel Adnan. Sin título, 2010
Etel Adnan. Sin título, 2010
Etel Adnan. Sin título, 2013. © Rechtsnachfolge Etel Adnan
Etel Adnan. Sin título, 2013. © Rechtsnachfolge Etel Adnan

Comprobaremos que, desde los alrededores de su vivienda en Sausalito o en torno al monte Sanninne del Líbano, Adnan procuró reflexionar en torno a la sensación de familiaridad que encontramos en aquellos lugares que reconocemos como propios. Si su obra escrita resulta contundente en su crítica de la violencia y la injusticia social, sus telas desprenden, por contraste, cierta dulzura: destiló en ellas su fe en el género humano y su amor por la belleza de los paisajes; una disparidad de enfoques que ella misma explicó con sencillez, aludiendo al mundo exterior y al suyo interno: Me parece que escribo lo que veo, pinto lo que soy.

Sus lienzos nacen de procedimientos, por tanto, intuitivos: sentada en su escritorio frente a los soportes pequeños que solía utilizar, aplicaba pigmentos directamente del tubo, utilizando una espátula para favorecer la inmediatez de las imágenes. Las geometrías simples son constantes en su producción, en la que encontramos desde cuadrados rojos de influencia abstracta a círculos brillantes que evocan el sol o bandas horizontales que nos hacen pensar en el cielo sobre el océano. Uno de sus temas habituales es el Monte Tamalpais, que divisaba desde Sausalito: lo recreó de múltiples formas, atendiendo a las variaciones de la luz y el clima y transitando entre la figuración y la abstracción.

Pese a la escala modesta de sus piezas y la economía de medios que prefería, sus pinturas y dibujos son potentes materializaciones de sus sensaciones al contemplar el paisaje, esas visiones efímeras, por lo cambiantes, que influían en su estado de ánimo hasta dar forma a su vida interior. Simone Fattal, que fue su pareja, ha indicado alguna vez que ella halla en estas piezas el valor de los viejos iconos para quienes mantienen la fe: Exudan energía y dan energía. Te escudan como talismanes. Te ayudan a vivir.

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